Desastres

Como siempre pasa, y siempre se denuncia, los medios están desatados en una campaña de exageración, tonterías y falsedades a propósito del terremoto-sunami japonés. Y a propósito, el nombre “sunami”, que apareció de pronto en los periódicos hace unos años, les ayuda a crear la impresión de que esa clase de desastres es una especie de novedad de los tiempos actuales, para delicia, entre otras cosas, de los ambientalistas, que así tienen un motivo más para su incansable labor de casandras. En realidad el sunami es el mismo “maremoto” que siempre conocimos quienes pasamos del sexto piso.

Pero volviendo a las hipérboles, según los  anunciadores de radio, prensa y televisión que tantos  e inútiles esfuerzos hacen por parecer “afligidos” por la catástrofe, éste sería el peor terremoto de la historia. O del Japón. Pero no hay tal. Los terremotos en la región han sido recurrentes desde la más remota antigüedad. Desde que se registran, los datos son abrumadores: El terremoto de Shaanxi, China, el 24 de enero de 1.556, provocó más de 830.000 muertos; antes, el 27 de septiembre de 1.290 resultó en más de 300.000; y en el Japón, el de Yokohama, apenas en el siglo pasado, el 1 de septiembre de 1.923 dejó 147.000. En Europa el de Mesina el 28 de diciembre de 1.908 causó 83.000 víctimas. Y en América, no se puede olvidar el del norte de Perú, que mató 66.000 personas el 31 de mayo de 1.970. Volviendo a China, que pone tal vez la mayor cifra de cadaveres, a lo largo de la historia, el más reciente de los grandes desastres se dió el 27 de julio de 1.976  cuando hubo 255.000 muertos.

Y todo ello sin contar los publicitados sunamis o tsunamis, que es la versión inglesa de la palabra japonesa. El mayor fué por supuesto el que azotó a 12 naciones en el Océano Indico, en especial a Indonesia, Sri Lanka, India y Tailandia, el 26 de diciembre de 2.004, dejándo 226.328 víctimas, esta vez contadas exactamente por la Cruz Roja y la Media Luna Roja.

De manera que la catástrofe del Japón está en un puesto muy bajo, aún si resultan verdaderos los 10.000 supuestos fallecidos en un pueblo del que se dice que desapareció totalmente.

Le queda a los periodistas la macabra esperanza de que la central nuclear de Fukushima haya quedado averiada y filtrando radioactividad, como se empeñan en advertir, con su no disimulada ansiedad  de titulares alarmantes.

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