Y en que va la “primavera árabe” ?

Con ese irresponsable regocijo con que los occidentales, y en particular Europa, se lanzan al estímulo de las revoluciones en tierras extrañas y lejanas, se empezó a hablar al principio de este año de la “primavera árabe”.

Los líderes de las potencias occidentales, Obama incluído, comenzaron a entrometerse en los acontecimientos de Egipto y, como si hubieran regresado a los tempos excitantes del imperialismo de la belle époque, exigieron la renuncia del Presidente Mubarak, poco antes su confiable policía africano.

Por supuesto que por debajo de las fervorosas llamadas a una inédita pero imminente democracia en el país de los faraones, subyacía otra razón: el temor a que, evidenciada la debilidad del raís, Egipto cayera en manos del fundamentalismo islámico, conviertiéndose en otra fanática e inmanejable república al estilo del preocupante Irán.

Mubarak, privado del apoyo de sus antiguos aliados fué depuesto por el Ejército con el apoyo de aquellos. Y se estableció un Consejo Militar que vió la ocasión de fortalecer la posición de las fuerzas armadas en el orden constitucional, para lo cual resolvió aplazar sine die la implantación de la anunciada democracia.

Ahora hay una nueva rebelión. Pero esta vez el inspirador es el Movimiento de los Jóvenes Musulmanes, al que Mubarak mantuvo a raya durante muchos años, y cuyo objetivo no coincide con las esperanzas de los países de occidente, es decir, con los anuncios de democracia, sino con la implantación precisamente de lo que más temen: de un gobierno fundamentalista y fanático a la cabeza de 80 millones de habitantes.

Cuando el Coronel Kadaffi empezó a perder estabilidad en Libia, los mismos gobiernos europeos, esta vez con Obama en un segundo plano, maniobraron para que primero la ONU y luego la OTAN, legitimaran una intervención de dudosa legalidad que no fue otra cosa que la violación de la soberanía de ese país. Los amanuenses de la prensa escrita y otros órganos de similar catadura, pronto encontraron sólidas diferencias entre esa intervención y la que se llevó a cabo en Irak en 2.003, denunciada en ese entonces como criminal por los mismos atacantes de ahora, a quienes movía  el secreto temor de que Washington terminara arbitrando los recursos petroleros del Golfo Pérsico que ellos tanto necesitan, pero que en esta ocasión vieron solamente una especial de cruzada desinteresada y espiritual, orientada a llevar a Libia las virtudes salvadoras de la regla de las mayorías.

Libia fue ferozmente bombardeada bajo el comando de la aviación francesa hasta agotar las defensas de Kadaffi, convenientemente retratado como un tirano despiadado que  sin embargo, no les repugnó recibir en las sedes de los gobiernos atacantes hasta la víspera de la rebelión popular. Por desgracia lo que era campaña dejó fue un país caótico cuyo respeto por la justicia y el derecho quedó demostrado por la forma implacable y salvaje como se asesinó al derrotado gobernante y a parte de su familia. Tras las primeras declaraciones y decisiones de los nuevos dueños del poder, Libia padece la antesala de una nueva y peor tiranía,  -gran novedad-, dirigida por adictos del fundamentalismo islámico más cercanos incluso al credo talibán, que a los chiitas iraníes.

Ahora el problema es Siria, donde, ciertamente el poder ha enfrentado la nueva rebelión con una brutalidad que ha asustado incluso a las autoritarias monarquías árabes. Pero ese país tiene varias características que no parecen entusiasmar a europeos y americanos como para emprender otra intrépida y gloriosa guerra de liberación en favor de la democracia.

En primer lugar, Siria no tiene la dispersión tribal de Libia. No es un país petrolero  y tiene unas fuerzas militares disciplinadas y mejor organizadas que harían mucho más difícil un experimento como el que se realizó contra Kadaffi. El gobierno, además, es totalmente militar. No hay pues, mayores ventajas materiales para las democracias occidentales en derrocar al Presidente Assad. Pero ese callejón sin salida puede resolverse de forma también negativa. Aunque aquí las potencias no pasarán de producir comunicados y cruzar los dedos.

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