España en su hora crítica

La abdicación del rey Juan Carlos de España en favor de su hijo, lejos de ponerle fin a los problemas que sufre el país, posiblemente los agravará. En primer lugar, para la propia monarquía, severamente agobiada por los escándalos del yerno y la hija del Rey, que han supuesto una caída en el aprecio de la gente por la institución real. Ya nadie se acuerda de los tiempos en que la prensa inglesa comparaba desfavorablemente las andanzas de sus propios príncipes, con la sobria corrección de los monarcas ibéricos y sus juiciosos vástagos.

El propio Rey Juan Carlos se encargó de “poner las guinda en el postre” con su infortunada expedición de cacería de elefantes que lo hizo aparecer como un personaje completamente desconectado de las angustias y ansiedades del pueblo en un momento de crisis. Y desconectado del mundo actual también, porque no entendió que hoy en día difícilmente uno se puede ocultar del escrutinio de la gente, así no sea sino un simple particular. Y tampoco pareció entender que en un mundo donde gobiernan las clases medias urbanas, que idealizan la naturaleza, se tiende a humanizar a los animales. En semejante contexto, un monarca que caza elefantes es un sacrilegio para la mentalidad dominante.

Y luego está la propia España con su frustración de país que se sentía ya del primer mundo y merecedora de las ventajas del Estado de bienestar, brutalmente lanzada a la realidad de sus limitaciones materiales y a la crisis general de la sociedad europea. En esas circunstancias, no está claro si el momento escogido por el Rey para hacerse a un lado haya sido el más adecuado. Varios partidos y movimientos están pidiendo ya un referéndum sobre la forma del Estado, y aún los más cercanos a la persona del Rey y a la institución monárquica deben estar pensando en lo ocurrido al abuelo del soberano en 1.931.

La crisis catalana, por otra parte, amenaza no ya la institucionalidad española sino su propia integridad territorial. Que el nuevo Rey sea capaz de sortear lo que se le ha venido encima es la gran incógnita. Pero las perspectivas no parecen muy alentadoras.

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