De la envidia nacional

Alguna vez le oí decir a uno de esos analistas extranjeros que nos visitan periódicamente con sus fórmulas mágicas de redención que el problema más grave de la guerra en Colombia no eran los odios sino la envidia. Y su juicio era completamente pesimista: el odio se cura, -sostuvo-, pero la envidia no; y mientras esa tara del carácter nacional persista, será muy difícil, si no imposible apaciguar los espíritus.

Confieso que esa sentencia me deprimió. Esencialmente porque temo que sea terriblemente certera. Porque si un defecto heredamos de España, es precisamente ese “dolor del bien ajeno” de que hablaba el viejo catecismo. John Stuart Mill escribe en Consideraciones sobre el gobierno este juicio tan implacable como demoledor: “Los españoles persiguen con saña a todos sus grandes hombres, les amargan la existencia y, generalmente, logran detener pronto sus triunfos”. Y es por ello que nosotros, como hijos del carácter hispánico tendemos a afligirnos de las dichas ajenas, nos inclinamos rencorosamente a despreciar todo aquello que no podemos alcanzar, a negar y eliminar todo lo que se destaca en méritos y ventajas, en un empeño perverso (y vano) por hallar consuelo en nuestra mediocridad, nivelando por lo bajo, haciendo tabla rasa del talento, denostando y ensuciando todo lo que nos parece superior, hasta rebajarlo a lo que es tranquilizadoramente  intrascendente.

La envidia, decía Quevedo, es flaca “porque muerde pero no come”; y Calderón afirmaba que “en los extremos del hado/ no hay hombre tan desdichado/ que no tenga un envidioso,/ ni hay hombre tan virtuoso/ que no tenga un envidiado”.

Y estos tiempos en que la igualdad total es una obsesion utópica, hay que recordar los versos de Castellani: “Igualdad, oigo gritar/ al jorobado Fontova./ Y me pongo a preguntar: / Querrá verse sin joroba/ o nos querrá jorobar ?”

Pues esa tragedia es la que uno vislumbra en muchos artículos de prensa todos los días. Y se pregunta: ¿ cómo pretende logra la paz un país donde todo el que se pone a tratar de influir sobre la opinión pública solo tiene espacio para la maledicencia y el continuo esfuerzo por destruir, rebajar y criticar ? Refiriéndose a la envidia española, que como hemos visto, es la misma que compartimos, Unamuno decía que era la “íntima gangrena del alma”, “fermento de nuestra vida social” y “lepra nacional”.

Mientras no enfrentemos el hecho de que nuestra inconformidad no es sentimiento de noble indignación por la injusticia sino  un malestar espiritual provocado por el resentimiento, no alcanzaremos la armonía social. Tal vez por eso, porque lo nuestro no es verdadero deseo de justicia social sino afán por rebajar al otro para subir nosotros es que esa injusticia no termina nunca.

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