La guerra de Maduro.

Las relaciones entre Estado Unidos y Latinoamérica han sufrido siempre por el paradójico desconocimiento que existe entre unos y otros. Estando tan cerca, es como si la diferencia idiomática jugara como un muro invencible en la comprensión mutua de las características y las intenciones respectivas. Los colombianos por ejemplo, tendemos a equiparar las funciones y los poderes,- guardadas proporciones, de Santos y Obama. Estados Unidos es un país Federal cuyo presidente tiene grandes competencias pero también grandes limitaciones. Colombia es una de las repúblicas más centralizadas del mundo donde el poder presidencial es desbordado y exagerado. Los americanos creen que nuestros departamentos son como los estados federales; aquí piensan que el presidente de allá puede arrinconar a los gobernadores, y que basta un compromiso con Obama para que nos devuelvan a Simón Trinidad. De ahí las tonterías que se leen con frecuencia en los periódicos cuando nuestros cronistas examinan las relaciones con el “vecino del norte”.
Pero la incomprensión de allá para acá no es menos abismal, y los resultados que suele causar son verdaderamente patéticos.
Queriendo sancionar al gobierno Venezolano, el Departamento de Estado le retira la visa a cierto número de personajes de la administración bolivariana con la idea de ayudarle a la oposición a enfrentar el caótico sistema implantado por Nicolás Maduro. Hasta allí todo muy bien. Pero entonces los funcionarios americanos resuelven declarar que Venezuela “constituye una amenaza para los Estados Unidos de América” y agregan otras expresiones complementarias. Se trata de meras fórmulas jurídicas que acompañan el uso de poderes especiales como el asunto de las visas; también se emplearon cuando, hace varios años, nuestro país fue declarado una amenaza por el asunto del narcotráfico.
Pero esas frases sacramentales de vago sentido jurídico suenan muy distinto cuando se traducen al castellano y se leen el contexto de la situación venezolana: aparecen como una declaración de guerra.
Y entonces, lo que pretendía ser una condena a los abusos del chavismo madurista, se convierte en un regalo del cielo para el gobierno bolivariano. Y la oposición, que supuestamente era la apoyada, tiene que salir a declarar que rechaza la intromisión de potencias extranjeras en los asuntos de su país, y que los problemas de Venezuela deben ser resueltos por los venezolanos.
Y al final, Nicolás Maduro, rodeado por un pueblo patrióticamente exaltado, que ve a la nación en peligro, se pasea a la cabeza de las fuerzas armadas y las milicias populares, preparándose para una invasión que él sabe bien que no va a ocurrir.

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