Fast Track

En un país que se preciaba de respetar hasta la idolatría el “precioso hilo de la legalidad”, la reforma de las Constituciones era todo un problema que angustiaba a los juristas decimonónicos. Tanto, que si la norma respectiva era demasiado rígida -pétrea en el lenguaje de los constitucionalistas-, había que reformarla primero para hacer viable luego la transformación deseada. Y se encargaba a algún especialista connotado como Don Florentino Gonzalez (antes de que tuviera que irse a Buenos Aires por los vaivenes de la política nacional), para que redactara el nuevo texto de la Carta fundamental.
Hoy, en cambio, ni siquiera se tienen ya esos pudores formalistas: en un país donde poca gente habla inglés (8% de los jueces según una encuesta), la Constitución se reforma, o deforma, según quien hable, por medio de un mecanismo insólito que ni siquiera se atreve a decir su nombre en castellano.
Las generaciones futuras, casi siempre intransigentes con los desatinos y errores de sus antepasados, seguramente serán implacables con el desastre jurídico que se está fabricando en el país.

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