El polvorín árabe saudita

En este mundo, donde los peligros de inestabilidad internacional son constantes, el caso del asesinato del periodista Jamal Khassoggi es mucho más grave de lo que, al menos por esas tierras percibe la gente. En primer lugar, la forma como se sospecha que ocurrieron los hechos dan muestra, o bien de una torpeza increíble o, peor, de una crueldad despiadada.

Arabia Saudita ha sido un país muy importante para Estados Unidos por su gran producción petrolera. Esa importancia se ve hoy menguada por los efectos del fracking en la extracción del crudo que están convirtiendo a los americanos en una economía altamente productiva. Sin embargo, el Reino es todavía una ficha de excepcional valor estratégico en la política regional porque para Estados Unidos constituye un fuerte contrapeso al poder y la influencia de Irán, mucho más después de la agresiva política de Trump en relación con el acuerdo alcanzado por los persas con Europa y Washington.

Es por ello que para el Presidente americano, las enrevesadas explicaciones de las autoridades sauditas sobre las circunstancias de la muerte de Khassoggi constituyen un quebradero de cabeza: obligado a reaccionar drásticamente, le queda muy difícil arriesgarse a dañar las relaciones con un aliado que ha sido leal al menos hasta ahora. Lo cual, por otra parte, le ha dado alas al gobierno de Turquía, donde ocurrieron los hechos, que se ha encargado de dejar en claro que investigará el asunto hasta sus últimas consecuencias; una manera de vengarse de las críticas que Washington le ha dirigido a Tayyip Erdogan por su estilo dictatorial. Y que Europa, representada por la Señora Merkel, también está aprovechando. En este último caso para mostrar dureza tras el pobre resultado de las elecciones bávaras y, – quien sabe-, para ayudar a debilitar a Trump con miras a las elecciones de noviembre.

Pero, por otra parte, en el interior de Arabia Saudita también hay dificultades. El Rey absoluto es Salmán bin Abdulaziz, Guardian de los Santos Lugares y Jefe de la Casa de Saud, desde el 23 de enero de 2015, tras morir su medio hermano, Abdalá bin Abdulaziz. Pero, incapacitado por el Alhaizmer, el poder corresponde desde el año pasado a  su hijo Mohámed bin Salmán, quien es también Ministro de Defensa.

El príncipe gobernante, de 32 años, ha venido actuando de manera contradictoria, pues al lado de algunas tímidas reformas especialmente en relación con los derechos de las mujeres, ha sido implacable con los opositores, en lo que podría incluirse la eliminación del periodista Jamal Khassoggi, exiliado voluntariamente en Virginia y colaborado permanente del Washington Post desde donde criticaba frecuentemente al gobierno de su país.

Por último, Arabia Saudi es un país donde la numerosísima familia real por cuenta de las incontables esposas de los miembros de la dinastía descendiente del primer rey de la Arabia moderna Abdenaziz ben Saud, gestiona prácticamente todas las funciones y actividades del poder en medio de una corrupción generalizada porque los bienes de Estado no se distinguen de los bienes familiares de la Casa de Saud. Ello hace que sea imperativo que exista un difícil y precario equilibrio presto a quebrarse en cualquier momento. A los detentadores del poder no les conviene que el príncipe gobernante los avasalle, pero tampoco que se debilite demasiado porque ello pone en riesgo su propia estabilidad. Y esa es otra de las claves de lo que pueda pasar en los próximos días en este peligroso polvorín.

 

Acerca de rasbe

I'm a lawyer. I was a Judge in the Highest Administrative Court of Colombia and now I'm partner in Saavedra Becerra Abogados S.A.S., a lawyers firm. At the same time I'm a n University professor on State Liability at the Javeriana University in Bogotá.
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