La viga

La prensa europea reacciona con satisfacción perversa cada vez que comenta, por ejemplo, el problema de los indocumentados, siempre que no se trate de su continente. Esa prensa se indigna también por las medidas que toma Estados Unidos frente al eterno problema de los inmigrantes mexicanos y centroamericanos. A veces el turno a la República Dominicana por la condena de las Corte Interamericana de Derechos Humanos a las expulsiones de haitianos. Todo lo cual es sin duda condenable, en especial cuando se acompaña de indignidades y violaciones a los derechos humanos. Pero, ¿ que decir de la muerte diaria de los africanos en el mediterráneo, cuando tratan, una y otra vez de llegar al continente europeo para librarse de la miseria en que viven.

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La guerra de Maduro.

Las relaciones entre Estado Unidos y Latinoamérica han sufrido siempre por el paradójico desconocimiento que existe entre unos y otros. Estando tan cerca, es como si la diferencia idiomática jugara como un muro invencible en la comprensión mutua de las características y las intenciones respectivas. Los colombianos por ejemplo, tendemos a equiparar las funciones y los poderes,- guardadas proporciones, de Santos y Obama. Estados Unidos es un país Federal cuyo presidente tiene grandes competencias pero también grandes limitaciones. Colombia es una de las repúblicas más centralizadas del mundo donde el poder presidencial es desbordado y exagerado. Los americanos creen que nuestros departamentos son como los estados federales; aquí piensan que el presidente de allá puede arrinconar a los gobernadores, y que basta un compromiso con Obama para que nos devuelvan a Simón Trinidad. De ahí las tonterías que se leen con frecuencia en los periódicos cuando nuestros cronistas examinan las relaciones con el “vecino del norte”.
Pero la incomprensión de allá para acá no es menos abismal, y los resultados que suele causar son verdaderamente patéticos.
Queriendo sancionar al gobierno Venezolano, el Departamento de Estado le retira la visa a cierto número de personajes de la administración bolivariana con la idea de ayudarle a la oposición a enfrentar el caótico sistema implantado por Nicolás Maduro. Hasta allí todo muy bien. Pero entonces los funcionarios americanos resuelven declarar que Venezuela “constituye una amenaza para los Estados Unidos de América” y agregan otras expresiones complementarias. Se trata de meras fórmulas jurídicas que acompañan el uso de poderes especiales como el asunto de las visas; también se emplearon cuando, hace varios años, nuestro país fue declarado una amenaza por el asunto del narcotráfico.
Pero esas frases sacramentales de vago sentido jurídico suenan muy distinto cuando se traducen al castellano y se leen el contexto de la situación venezolana: aparecen como una declaración de guerra.
Y entonces, lo que pretendía ser una condena a los abusos del chavismo madurista, se convierte en un regalo del cielo para el gobierno bolivariano. Y la oposición, que supuestamente era la apoyada, tiene que salir a declarar que rechaza la intromisión de potencias extranjeras en los asuntos de su país, y que los problemas de Venezuela deben ser resueltos por los venezolanos.
Y al final, Nicolás Maduro, rodeado por un pueblo patrióticamente exaltado, que ve a la nación en peligro, se pasea a la cabeza de las fuerzas armadas y las milicias populares, preparándose para una invasión que él sabe bien que no va a ocurrir.

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Nicolás…

Es desalentador que mientras el país se desliza por una pendiente de desbarajuste económico, una inmensa mayoría de los cronistas nacionales e incluso uno o dos editoriales, no hayan encontrado otro tema para comentar que el  ruidoso acto de un muchacho farsante que fue detenido por la policía. El sainete, francamente ridículo no da para que se convirtiera en el escándalo nacional que por la vía de una prensa superficial alcanzó dimensiones sin proporción con la realidad.

¿ Porqué tanta bulla en torno del “ud. no sabe quien soy yo ” ? ¿Es que no hay temas verdaderamente importantes para desarrollar ? ¿ O es que la prensa nacional y sus voceros, firmemente alineados en un respaldo monolítico al Gobierno, quizás por temor de que los acusen de minar la solidez del propósito pacificador, tiene que concentrase exclusivamente en la banalidad de lo cotidiano, sea ello un asunto de tanguitas, de caballos muertos, de corralejas escandalosas o de la decadente especie de los Nicolases, mientras  lo importante se nos viene encima..?

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¿ En que mundo viven ?

Hace rato que los legos en Economía venimos leyendo que las transformación en la producción petrolera mundial, y especialmente la americana, se están incrementando extraordinariamente por la vía de las nuevas tecnologías. Y hemos leído también que ese incremento no solo va a reflejarse necesariamente en un cambio de las relaciones geopolíticas, sino que provocará inexorablemente la caída en los precios del petróleo a niveles hace tiempo desconocidos en la economía mundial. Eso es exactamente lo que está pasando. Entonces, uno se explica cómo todavía en junio pasado, el Marco Fiscal de Mediano Plazo sostenía que el país tendría ingresos provenientes de la renta petrolera, con base en una producción de más de un millón de barriles diarios a un precio de 100 dólares.

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De la envidia nacional

Alguna vez le oí decir a uno de esos analistas extranjeros que nos visitan periódicamente con sus fórmulas mágicas de redención que el problema más grave de la guerra en Colombia no eran los odios sino la envidia. Y su juicio era completamente pesimista: el odio se cura, -sostuvo-, pero la envidia no; y mientras esa tara del carácter nacional persista, será muy difícil, si no imposible apaciguar los espíritus.

Confieso que esa sentencia me deprimió. Esencialmente porque temo que sea terriblemente certera. Porque si un defecto heredamos de España, es precisamente ese “dolor del bien ajeno” de que hablaba el viejo catecismo. John Stuart Mill escribe en Consideraciones sobre el gobierno este juicio tan implacable como demoledor: “Los españoles persiguen con saña a todos sus grandes hombres, les amargan la existencia y, generalmente, logran detener pronto sus triunfos”. Y es por ello que nosotros, como hijos del carácter hispánico tendemos a afligirnos de las dichas ajenas, nos inclinamos rencorosamente a despreciar todo aquello que no podemos alcanzar, a negar y eliminar todo lo que se destaca en méritos y ventajas, en un empeño perverso (y vano) por hallar consuelo en nuestra mediocridad, nivelando por lo bajo, haciendo tabla rasa del talento, denostando y ensuciando todo lo que nos parece superior, hasta rebajarlo a lo que es tranquilizadoramente  intrascendente.

La envidia, decía Quevedo, es flaca “porque muerde pero no come”; y Calderón afirmaba que “en los extremos del hado/ no hay hombre tan desdichado/ que no tenga un envidioso,/ ni hay hombre tan virtuoso/ que no tenga un envidiado”.

Y estos tiempos en que la igualdad total es una obsesion utópica, hay que recordar los versos de Castellani: “Igualdad, oigo gritar/ al jorobado Fontova./ Y me pongo a preguntar: / Querrá verse sin joroba/ o nos querrá jorobar ?”

Pues esa tragedia es la que uno vislumbra en muchos artículos de prensa todos los días. Y se pregunta: ¿ cómo pretende logra la paz un país donde todo el que se pone a tratar de influir sobre la opinión pública solo tiene espacio para la maledicencia y el continuo esfuerzo por destruir, rebajar y criticar ? Refiriéndose a la envidia española, que como hemos visto, es la misma que compartimos, Unamuno decía que era la “íntima gangrena del alma”, “fermento de nuestra vida social” y “lepra nacional”.

Mientras no enfrentemos el hecho de que nuestra inconformidad no es sentimiento de noble indignación por la injusticia sino  un malestar espiritual provocado por el resentimiento, no alcanzaremos la armonía social. Tal vez por eso, porque lo nuestro no es verdadero deseo de justicia social sino afán por rebajar al otro para subir nosotros es que esa injusticia no termina nunca.

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Los cañones de agosto

Agosto fue posiblemente el mes más mortífero de la Gran Guerra. La alucinante rapidez con que los ejércitos se lanzaron a su devastadora carrera de destrucción ha sido uno de los temas más estudiados por los historiadores del conflicto. Una de las obras más influyentes en la segunda mitad del siglo pasado fue “Los cañones de agosto” de la norteamericana Barbara Tuchmann. Su estudio, admirado incluso por historiadores profesionales le valió el premio Pulitzer. Kennedy la consideraba una de sus lecturas de cabecera, y puede decirse que varios de los actuales especialistas en el tema del conflicto decidieron su carrera después de leer a Tuchmann. Su estilo es dramático pero magistralmente elaborado. La forma como relata el formidable avance alemán de los primeros días, una maquinaria descomunal de hombres, cañones,  ametralladoras, caballos, carros de pertrechos y provisiones, hace pensar a cada página que el ejército del Kaiser logrará su propósito de liquidar la guerra en el frente occidental en los primeros días del conflicto. Una proeza de habilidad que hace recordar a García Márquez y su “Crónica de una muerte anunciada”: el relato de algo que ya sabemos cómo terminará, pero que la maestría del escritor logra convertir en una fascinante e inexplicable expectativa de que al final ocurrirá lo contrario.

Barbara Tuchmann fue, como siempre ocurre, desdeñada por los académicos que la acusaron de ser poco menos que una autodidacta, crimen absoluto para quien no tiene los altisonantes títulos del medio universitario. Eso no importa. Leer su obra es un placer que, en estos días de conmemoración bien vale la pena.

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El primer acto de la Gran Guerra

Aunque el asesinato de Francisco Fernando, obra de Princip y su pandilla de conspiradores de la Mano Negra ocurrió el 28 de junio de 1.914, fecha generalmente señalada como la del comienzo de la Primera Guerra Mundial, fue la decisión del imperio Austro-Húngaro de aprovecharse de ello, un mes más tarde, y someter a Serbia acabando con sus ambiciones expansionistas lo que verdaderamente disparó la cadena de acontecimientos que llevaron a lo que nuestros antecesores llamaron la Gran Guerra. Para lograr su propósito Viena buscó primero  asegurarse el respaldo de su poderoso aliado, Alemania. Ambos habían formado la Alianza Dual en 1.879, que años después se volvió Triple Alianza cuando Italia resolvió adherirse. Aunque el respaldo del Kaiser Guillermo II a la petición austro-húngara de apoyo  fue más bien vago y escéptico, -tanto que inmediatamente el gobernante alemán se fue a hacer un crucero por Noruega-, resultó suficiente para que el gobierno Austríaco se sintiera autorizado a iniciar las retaliaciones contra los serbios.

De todos modos, a los gobernante de Viena  les tomó tres semanas armar el tinglado Sin embargo, el ultimátum que, finalmente le enviaron a Serbia fue, en palabras del Secretario de Relaciones Exteriores de Gran Bretaña, Sir Edward Grey, ” el más formidable documento jamás remitido por una nación a otra”. A Serbia se le dieron cuarenta y ocho horas para aceptar diez demandas cuidadosamente redactadas para humillarla y obligarla a rechazarlas por simple dignidad. Aún así, los serbios aceptaron ocho, lo que  la belicosa y arrogante Austria-Hungría consideró inaceptable, y el 28 de julio, es decir, hoy hace exactamente cien años, le declaró formalmente la guerra a Serbia.

En adelante los acontecimientos se precipitaron velozmente, cada uno provocando el siguiente. En respuesta a la declaración de guerra, Rusia, que se veía a sí misma como protectora de Serbia, inició la movilización. Francia, aliado de Rusia desde 1.892 le ofreció su apoyo. En respuesta, los alemanes le dieron a Rusia doce horas para detener su movilización. Vencido el plazo, el 1 de Agosto, Alemania le declaró la guerra a Rusia y, dos días después, a Francia. ” Nos han puesto la espada en nuestras manos”, sentenció el Kaiser, y se inició el cataclismo que condicionaría el escenario mundial del siglo siguiente.

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